sábado, 21 de diciembre de 2019

A 30 AÑOS CUANDO LAS BOMBAS QUISIERON SILENCIAR CORAJE Y LA IDENTIDAD NACIONAL


A 30 AÑOS CUANDO LAS BOMBAS QUISIERON SILENCIAR CORAJE Y LA IDENTIDAD NACIONAL

Por Roberto Rolando RODRIGUEZ


El incidente del 16 de diciembre de 1989, donde militares de la brigada de inteligencia acantonada en Clayton, cruzaron un muro de contención de jersy y obliga a centinelas a disparar y  muere, Robert Paz Fisher, un teniente colombiano norteamericano, fue la justificación para que cuatro días después, 20 de diciembre de 1989, se pusiera en marcha el operativo militar del ejército de los Estados Unidos de América contra Panamá, que dejó luto, destrucción miles viviendas de los chorrilleros, centenares de heridos y un impresionante saqueo y vandalismos que dejó anaqueles y bodegas de los comercios vacíos en toda la ciudad.

La invasión no era noticia que venía de los planetas martes o júpiter. Días antes un amigo me dijo o se va (Noriega) o desarman Fuerzas de Defensa y el ejército norteamericano se toma el país y convertirán a la policía de pito y tolete.

Los meses previos a la invasión militar de los Estados Unidos fueron tensos y de mucha guerra psicológica debido a las  posiciones radicales de los políticos desde Washington y los militares norteamericanos acantonados en Clayton y Quarry Hight.

En Washington, el senador por Nueva York, Alfonso Damato, como estrategia exigía cortar la yugular a Panamá, vía de agresión económica.

En Clayton, en las riberas del canal, Marck Cisneros, era comandante del Ejército Sur y director del plan. Una vez dijo que cuando le ordenaran capturar a Noriega y estaba bebiendo una cerveza, iba, lo capturaba y al regresar, la cerveza aún permanecía fría. En lo real, nunca tomó esa iniciativa porque su misión no era evitar el derramamiento de sangre sino crear las condiciones.

La invasión trajo una serie de secuelas amargas a los panameños, ya sea de la clase política, la clase empresarial, inversionista y aquellos foráneos que no entienden como nos ajusta las prendas que vestimos.

La polarización algo que nos hizo un daño terrible y todavía un grupo de panameños aun piensa lo contrario. No trataré de cuestionar a quienes se oponían a Manuel Noriega y lucharon para derrocarlos en las calles. Eran sus derechos y respecto el coraje. Sin embargo, mi posición sobre aquellos vientos de invasión del ejército norteamericano y las posteriores torceduras de verdades que hacen difícil de escribir la historia eran manifiesta como panameño.

La  invasión fue un capricho de los políticos norteamericanos, que han  perdido la capacidad de tratar con sus vecinos del sur y, hoy día se quitan la vestimenta para decirnos que Estados Unidos aprendió de la historia porque los riesgos que implica el uso de la fuerza militar no es la mejor forma, por sus consecuentes daños, que incluyen además del luto, sangre y dolor, el deterioro de sus relaciones geopolítica.
Sin embargo, las heridas ya son difíciles de sanar porque los hechos están consumados militarmente, y quedaron hogares destrozados, la delincuencias ha aumentado, no hicieron las indemnizaciones correspondientes y hay lágrimas por las víctimas y el pesar para aquellas que no le dan razón de los suyos con lo de la “just cause”. 

Fui de los pocos periodistas que en medio de la invasión norteamericana en noche, recorrí la ciudad. Otros lo hicieron bajo la custodia de tanquetas y centros de prensa en bases militares.

Dicho así, quedo sorprendido que por segunda vez, el militar mexicano estadounidense, Marc Cisneros, de gorila es el más bondadoso y bonachón, al que se le debe que no se derramó más sangre y porque gracias a él, como era el objetivo, Maxwell Thurner, no incendió Colón y Chiriquí, luego que ambos lo hicieron en cuestión de minutos, con El Chorrillo, fuerte Cimarrón, la base aérea de Tocumen, las instalaciones de Paitilla y Rio Hato.

Sus declaraciones recientes, en las que narra que al entregarse el capitán, Amadis Jiménez, en la base naval de Colón y al tomarlo como prisionero de guerra, pudo lograr que los altos mandos militares de las desaparecidas fuerzas de defensas panameñas, se rindieran.

No soy experto en temas militares y de actos de guerra, pero sé que la convención de La Haya cubre claramente lo que se puede y no se puede hacer a un prisionero durante su captura así como tampoco se le puede obligar a dar más información que la de sus generales de vida.
Por relato de un miembro de la tropa de marinos, esa noche “estúpida” del 20 de diciembre de 1989, el capitán Amadis Jiménez, no combatió, desobedeció órdenes y puso en peligro la vida de un centenar de soldados a su mando.
Fue el capitán de apellido, Galindez de Coco Solo, quien se tomó la infantería de Marina que comandaba el capitán Jiménez. La no atención de inmediato de las instrucciones que se le dio a Jiménez desde Panamá pudo a haber provocado la muerte de todos. Un alférez, Manuel de Jesús Castillo, guio a los marinos panameños hasta una embarcación para llevarlos a salvo. Castillo en la retaguardia murió en cumpliendo su misión. (https://www.facebook.com/prsmv52/videos/2490018957681153/ )
Nunca se supo de Jiménez hasta ahora. Sin embargo, Cisneros revela que fue quien facilito teléfonos de sus compañeros de armas y, aún más de superiores. Dar información al enemigo hace sospechosa las circunstancias.
Cisneros, hoy retirado del USARMY, es miembro de la academia de la historia militar en Washington y residente en Texas. Él, reitera que la invasión fue un acto de “estupidez” de su país y vende su sensibilidad con el desaparecido, Manuel Antonio Noriega, por quien abogó se le concediera cárcel domiciliaria en sus últimos días de enfermo.

De la invasión hay muchas tesis. Una que Maxwell Thurner no gustaba de Cisneros, y otra que el pentágono estaba ansioso de probar una serie de armamentos militares, aparatos aéro-militares, como el avión invencible, los helicópteros apaches y sensores en los cascos de las unidades élites, cuyas inversiones se estimó en unos $2,800 billones.

Con ese ambiente de guerra psicológica y también presiones internas de panameños que pedían a los Estados Unidos dejar de mostrar los colmillos, se vivió largos meses y llegó la “just cause”.

De esos momentos tensos recuerdo el de la entrada de Amador donde tropas norteamericanas bloquearon la entrada a la calzada mientras cientos de soldados desembarcaban, vía aérea procedente de Howard. Reclamaban la liberación de dos militares norteamericanos.

El segundo fue el ingreso de tanquetas militares en los predios del antiguo hospital Gorgas.

Los otros dos incidentes fueron en La Chorrera, donde apresaron al capitán Manuel Siero, jefe de la décima zona con el pretexto que había cruzado centímetros de la línea verde de uso y coordinación militar conjunta y aquel ocurrido en la avenida Ascanio Villalaz, donde surge un “superman” panameño, discutiendo acaloradamente con un oficial norteamericano.

Agrada que los Estados Unidos admita que están aprendiendo de la historia y que, Marc Cisneros, acepte que su conciencia no está tranquila con el mismo. La verdad histórica de la invasión no se puede torcer ni alterar. Es como tapar el sol con la mano e impide que Panamá y EEUU construyan un consenso y profundización de un ambiente de buenos amigos como socios históricos que somos.

“El único deber que tenemos con la historia es rescribirla”. Oscar Wilde (Continuará segunda parte. Testimonios de lo que viví el 20 de diciembre de 1989)

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