A 30 AÑOS CUANDO LAS BOMBAS QUISIERON SILENCIAR
CORAJE Y LA IDENTIDAD NACIONAL
Por Roberto Rolando RODRIGUEZ
El incidente del 16 de diciembre
de 1989, donde militares de la brigada de inteligencia acantonada en Clayton,
cruzaron un muro de contención de jersy y obliga a centinelas a disparar y muere, Robert Paz Fisher, un teniente
colombiano norteamericano, fue la justificación para que cuatro días después, 20
de diciembre de 1989, se pusiera en marcha el operativo militar del ejército de
los Estados Unidos de América contra Panamá, que dejó luto, destrucción miles
viviendas de los chorrilleros, centenares de heridos y un impresionante saqueo
y vandalismos que dejó anaqueles y bodegas de los comercios vacíos en toda la
ciudad.
La invasión no era noticia que
venía de los planetas martes o júpiter. Días antes un amigo me dijo o se va
(Noriega) o desarman Fuerzas de Defensa y el ejército norteamericano se toma el
país y convertirán a la policía de pito y tolete.
Los meses previos a la invasión militar
de los Estados Unidos fueron tensos y de mucha guerra psicológica debido a
las posiciones radicales de los
políticos desde Washington y los militares norteamericanos acantonados en
Clayton y Quarry Hight.
En Washington, el senador por
Nueva York, Alfonso Damato, como estrategia exigía cortar la yugular a Panamá,
vía de agresión económica.
En Clayton, en las riberas del
canal, Marck Cisneros, era comandante del Ejército Sur y director del plan. Una
vez dijo que cuando
le ordenaran capturar a Noriega y estaba bebiendo una cerveza, iba, lo
capturaba y al regresar, la cerveza aún permanecía fría. En lo real, nunca tomó
esa iniciativa porque su misión no era evitar el derramamiento de sangre sino
crear las condiciones.
La invasión trajo una serie de
secuelas amargas a los panameños, ya sea de la clase política, la clase
empresarial, inversionista y aquellos foráneos que no entienden como nos ajusta
las prendas que vestimos.
La polarización algo que nos hizo
un daño terrible y todavía un grupo de panameños aun piensa lo contrario. No
trataré de cuestionar a quienes se oponían a Manuel Noriega y lucharon para
derrocarlos en las calles. Eran sus derechos y respecto el coraje. Sin embargo,
mi posición sobre aquellos vientos de invasión del ejército norteamericano y las
posteriores torceduras de verdades que hacen difícil de escribir la historia
eran manifiesta como panameño.
La invasión
fue un capricho de los políticos norteamericanos, que han perdido la capacidad de tratar con sus vecinos
del sur y, hoy día se quitan la vestimenta para decirnos que Estados Unidos aprendió de la historia
porque los riesgos que implica el uso de la fuerza militar no es la mejor forma, por sus
consecuentes daños, que incluyen además del luto, sangre y dolor, el deterioro
de sus relaciones geopolítica.
Sin embargo, las heridas ya son difíciles
de sanar porque los hechos están consumados militarmente, y quedaron hogares
destrozados, la delincuencias ha aumentado, no hicieron las indemnizaciones
correspondientes y hay lágrimas por las víctimas y el pesar para aquellas que no
le dan razón de los suyos con lo de la “just cause”.
Fui de los pocos periodistas que
en medio de la invasión norteamericana en noche, recorrí la ciudad. Otros lo
hicieron bajo la custodia de tanquetas y centros de prensa en bases militares.
Dicho así, quedo sorprendido que por
segunda vez, el militar mexicano estadounidense, Marc Cisneros, de gorila es el
más bondadoso y bonachón, al que se le debe que no se derramó más sangre y
porque gracias a él, como era el objetivo, Maxwell Thurner, no incendió Colón y
Chiriquí, luego que ambos lo hicieron en cuestión de minutos, con El Chorrillo,
fuerte Cimarrón, la base aérea de Tocumen, las instalaciones de Paitilla y Rio
Hato.
Sus declaraciones recientes, en
las que narra que al entregarse el capitán, Amadis Jiménez, en la base naval de
Colón y al tomarlo como prisionero de guerra, pudo lograr que los altos mandos
militares de las desaparecidas fuerzas de defensas panameñas, se rindieran.
No soy experto en temas militares y de actos de
guerra, pero sé que la convención de La Haya cubre claramente lo que se puede y no se puede
hacer a un prisionero durante su
captura así como tampoco se le puede obligar a dar más información que la de sus
generales de vida.
Por relato de un miembro de la tropa de marinos, esa noche
“estúpida” del 20 de diciembre de 1989, el capitán Amadis Jiménez, no combatió,
desobedeció órdenes y puso en peligro la vida de un centenar de soldados a su
mando.
Fue el capitán de apellido, Galindez de Coco Solo, quien se
tomó la infantería de Marina que comandaba el capitán Jiménez. La no atención
de inmediato de las instrucciones que se le dio a Jiménez desde Panamá pudo a
haber provocado la muerte de todos. Un alférez, Manuel de Jesús Castillo, guio
a los marinos panameños hasta una embarcación para llevarlos a salvo. Castillo en
la retaguardia murió en cumpliendo su misión. (https://www.facebook.com/prsmv52/videos/2490018957681153/
)
Nunca se supo de Jiménez hasta ahora. Sin embargo, Cisneros
revela que fue quien facilito teléfonos de sus compañeros de armas y, aún más de
superiores. Dar información al enemigo hace sospechosa las circunstancias.
Cisneros, hoy retirado del USARMY, es miembro de la
academia de la historia militar en Washington y residente en Texas. Él, reitera
que la invasión fue un acto de “estupidez” de su país y vende su sensibilidad con
el desaparecido, Manuel Antonio Noriega, por quien abogó se le concediera
cárcel domiciliaria en sus últimos días de enfermo.
De la invasión hay muchas tesis.
Una que Maxwell Thurner no gustaba de Cisneros, y otra que el pentágono estaba
ansioso de probar una serie de armamentos militares, aparatos aéro-militares,
como el avión invencible, los helicópteros apaches y sensores en los cascos de
las unidades élites, cuyas inversiones se estimó en unos $2,800 billones.
Con ese ambiente de guerra
psicológica y también presiones internas de panameños que pedían a los Estados
Unidos dejar de mostrar los colmillos, se vivió largos meses y llegó la “just
cause”.
De esos momentos tensos recuerdo
el de la entrada de Amador donde tropas norteamericanas bloquearon la entrada a
la calzada mientras cientos de soldados desembarcaban, vía aérea procedente de
Howard. Reclamaban la liberación de dos militares norteamericanos.
El segundo fue el ingreso de
tanquetas militares en los predios del antiguo hospital Gorgas.
Los otros dos incidentes fueron en
La Chorrera, donde apresaron al capitán Manuel Siero, jefe de la décima zona
con el pretexto que había cruzado centímetros de la línea verde de uso y
coordinación militar conjunta y aquel ocurrido en la avenida Ascanio Villalaz,
donde surge un “superman” panameño, discutiendo acaloradamente con un oficial
norteamericano.
Agrada que los Estados Unidos
admita que están aprendiendo de la historia y que, Marc Cisneros, acepte que su
conciencia no está tranquila con el mismo. La verdad histórica de la invasión
no se puede torcer ni alterar. Es como tapar el sol con la mano e impide que Panamá
y EEUU construyan un consenso y profundización de un ambiente de buenos amigos
como socios históricos que somos.
“El único deber que tenemos con
la historia es rescribirla”. Oscar Wilde (Continuará
segunda parte. Testimonios de lo que viví el 20 de diciembre de 1989)
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