TESTIMONIO: UNA JORNADA DE TRABAJO LA NOCHE DE LA
INVASIÓN
(Segunda Parte)
(Segunda Parte)
Roberto Rolando RODRIGUEZ.
Estados Unidos y Panamá, en septiembre de 1977
firmaron los tratados Torrijos Carter. En lo militar para la defensa y
seguridad del canal, se estableció una coordinación entre el ejército
norteamericano y las fuerzas de defensa panameñas. Para ello, funcionó una
oficina de coordinación permanente que tenía como sede Amador para el
patrullaje conjunto y durante 10 años coordinaron lo acordado para la total
transferencia de la defensa del canal.
Sin embargo, esa noche, la del 19 de diciembre de
1989, promediando las 10:00 pm una sospecha comienza en la contraparte
panameña. De pronto, las radio comunicaciones dejan de funcionar, los teléfonos
quedaron inhabilitados y las luminarias en el área de la contraparte
norteamericana se apagaron. Suficiente para concluir que algo estaba en trama,
por lo que se informa a la comandancia general y el oficial de turno, le resta
importancia a la sospecha del jefe de la policía militar panameña.
Dos hechos anteriores sirvieron para tomar las
precauciones y evacuar a todo el personal militar panameño y ordenar su
reorganización en otros lugares en la capital.
Pocos minutos antes de las 12:00 MN, y precisando las
11:45 p.m. se da la primera agresión armada del ejército de los Estados Unidos
contra el último autobús de soldados panameños que estaban siendo evacuados. Seguido
tanquetas militares abren fuego de artillería contra la sede de la compañía Victoriano
Lorenzo, acantonada en Fuerte Amador. Así comienza una de las historias de
agresión más cruel y cobarde de EEUU contra un país amigo, que lo mantenía como
aliado para la defensa del canal, y se convierte en una intervención militar
simultánea a grande escala en todo el país.
La invasión estaba programada para las 1:00 a.m. pero
se adelantó una hora y minutos debido a las evacuaciones panameñas es decir que
si no hubiera una sospecha la toma por sorpresa en una matanza mayor.
Siempre así, retomo los apuntes del conversatorio en
el que participé hace un año en la fundación Omar Torrijos, sobre los
testimonios que viví aquella noche de la invasión del ejército norteamericano y
que a continuación narro.
Antes de esa “estúpida” intervención militar del
ejército de los Estados Unidos, la información era de “inminente invasión”. Ese
19 de diciembre de 1989, hice un recorrido en horas de la tarde por la base
aérea de Howard. Se daba un inusitado movimiento. Viajé en un chivita de
Veracruz. Confirmé que en un vuelo chárter militar de USAFO llegaron, ese
mediodía, reporteros de guerra que cubren para el Pentágono.
Laborábamos en el diario Matutino. En la noche, la
plana cerró como a eso de las 10:00 p.m. y me retiré a casa. A menudos en la TV
los cintillos de claves “chácara” y “cutarra” hacia la noche tensa. De pronto,
faltando minutos para las 12MN recibí una llamada para sintonizar Radio Nacional.
Era, Rubén Murgas quien me confirmaba era un hecho la invasión militar del
ejército de los Estados Unidos contra Panamá.
Rubén, me comentó al perífono que él no fue entrenado
para ser soldado pero la historia lo colocaba en la trinchera de la defensa del
país como corresponde, como periodista.
Era noche de luna llena. Me arreglé y desde mi
residencia en Cáceres de Miraflores, se escuchaban los estruendos de las
pesadas bombas de miles de libras que caían. Se calculan que fueron unas 400
bombas detectadas por el sismógrafo de la Universidad de Panamá. Un ruidoso
avión sobrevolaba la ciudad en forma circular. Mi hija, Kany, me agarró y me
suplicó no fuera al teatro de los acontecimientos y Roly, mi hijo mayor aun
estdiante de secundaria, dijo a Kany y a su mamá, “él es un periodista déjalo
cumplir con su labor”.
Avancé hasta el puente Martín Sosa, desde allí el
destello del fuego y los estallidos de las bombas no me permitieron avanzar y,
entonces, me dirigí hacia el hospital Santo Tomás, porque deduje se
experimentan emergencias. Cuando me acercaba, ya había combate en los
alrededores del edificio Hatillo, donde fue herido el dirigente, Ramón Ashby.
Por esa área cae muerto Gustavo Torreglosa. En la urgencia del HST comenzaban a
trasladar heridos y muertos y la confusión era indescriptible en todo el
nosocomio. Desde allí hice un despacho para la Radio Nacional que aún no era
objeto de intervención electrónica por un barco y un avión espías
norteamericanos.
En medio de tanta acción, me percaté que el aeropuerto
de Paitilla fue atacado e inhabilitado por una fuerza especial SEAL, la más
temible del USARMY. Esa unidad elite de combate de los EU sufrió 5 bajas y una
decena de heridos y necesitó de refuerzo aéreo de tecnología de nueva
generación para destruir los hangares, debido a que el grupo de soldados
panameños resistían con táctica y preparación, según el reporte que obtuve.
No había duda que la intención de la operación militar
no era evitar derramamiento de sangre de lo contrario, en Amador, no hubieran
agredido a boca de jarro con las tanquetas. Afortunadamente, el capitán Moisés
Cortizo, graduado en West Point, evacuó a los soldados a fin de reorganizar la
tropa en otros lugares y como comandante de la compañía fue el último en salir
del lugar.
Ya era muy tarde a la madrugada, decidí regresar a
casa. No podía consolidar mi sueño y tomé mi radio transitor y recorrí las
frecuencias herzianas, sin sintonizar ninguna emisión nacional. El bloqueo de
la aeronave espía y el barco interceptor ubicado en la bahía de Panamá era
efectivo. Con mucha estática capturé la radio militar del ejército de los
Estados Unidos. Una voz comercial panameña, muy conocida, anunciaba que las
tropas norteamericanas intervenían con “just Cause”. Escuché las proclamas de
Endara, Ford y Arias Calderón. Yo, grabé esas proclamas, pieza histórica que se
me perdió en una mudanza, de las tantas que viví, porque posterior la invasión
trajo para mí lo más doloroso para un hombre el rompimiento y la separación
familiar.
Ya temprano me levanté y salí a ver la evolución de la
situación de mi país intervenido. Me encontré con el reportero gráfico, Eliecer
Santamaría. Juntos fuimos hasta detrás de los multifamiliares de Barraza. Todo
el perímetro estaba cercado por las tanquetas norteamericanas. Mucha gente del
barrio aglomerada en los alrededores. Yo, mantuve el motor de auto en marcha
mientras Santamaría tomaba fotos. De pronto, cuando nos disponíamos a salir de
ese teatro, camuflados identificamos a Papo Córdova e Hilario Trujillo, quienes
estaban vestidos de civiles con gorras en sus cabezas. Santamaría les preguntó
por sus cuarteles y Córdova respondió ya lo bombardearon. El tono de la
respuesta no fue enérgica de un militar.
Regresamos al Santo Tomás. Yo, continúe hacia Panamá
Viejo donde se escenificaban combates. Intenté acercarme. A marcha lenta en la
estatua de Morelos, los marines americanos camuflajeados y pintoreteados sus
caras estaban hasta el tuétano en lama. Unos arrastrándose para acercarse a la
calle y otros se asomaban por los muros. Daban miedo, terror y también sentí
impotencia. Eran muchos mientras helicópteros hacían labores de rescate de
otros marines que estaban enterrados en la lama a pocos metros de la calle. El
cuartel estaba tomado. Di la vuelta y me dirigí por la parte de la iglesia San
Gerardo de Mayela. Las tropas invasoras ya colocaban alambres púas como de
perímetros de ocupación.
Eran casi las 10:00 a.m. Decidí descansar. Había
muchos vuelos tanto de aviones como helicópteros militares. Antes, fui a la
redacción escribí una nota con algunas fotos de un helicóptero derribado en
Huerta Sandoval y Cerro Ancón y un resumen de lo registrado en el Santo Tomás.
Fue la última publicación de ERSA, porque después de salir de ese lugar una
tanqueta del ejército gringo derribó las paredes y se posó triunfante sobre la
redacción periodística.
El cansancio me rindió. Desperté con unos gritos. Eran
los chicos del barrio junto a que celebraban la noticia del derribo de un
helicóptero en el cuartel de Tinajita, por parte de la resistencia encabezada
por Daniel Delgado. Regreso a explicar que al sacar los interceptores de
frecuencias de los Estados Unidos la frecuencia de AM de la Radio Nacional, el
método de transmisión radial, fue a través de frecuencias modulares móviles, lo
que obligó a los militares norteamericanos ordenar a un helicóptero cañonear el
piso 7 de la Contraloría General de la Republica, donde estaba ubicada la
emisora estatal panameña e inhabilitarla pero aun así las emisiones continuaron
como parte de la resistencia.
Esa misma tarde del 20 de diciembre, salí en mi auto a
buscar a mi comadre Glenda y su mamá que habían venido desde Santiago a Panamá
para visitar a su hija residente cerca a Patio Pinel. Las traje a casa para
refugiarlas debido a que el puente de Las Américas estaba cerrado. No volví a
salir más sino dos días después cuando el saqueo estaba en pleno apogeo en el
Dorado y la vía España. Me acompañó mi hijo quien me describía los
acontecimientos mientras manejaba.
Después de todos estos acontecimientos, había personas
buscadas y ya Rubén Murgas, Mario Rognoni (qepd) y Escolástico Calvo estaban
detenidos en campo de concentración en Nuevo Emperador. En esa lista de
buscados estaba mi nombre, y confundieron mi nombre con el del colega de nombre
Rolando Rodríguez. Nunca supe de la importancia para buscarme pero igual
orgulloso me hubiera sentido de este atropello.
BÚSQUEDAS
EN FOSAS COMUNES
Rubén Murgas me invitó a participar de un medio de
comunicación alternativo que puso por nombre El Periódico. Por allí continúe
nuestra misión periodística. No éramos clandestinos.
Por eso, quiero narrar lo acontecido aquel 20 de
diciembre de 1989, cuando soldados norteamericanos abrieron fuego contra
conductor de un camión cisterna en Rio Hato. Eran las 12:35 MN. A partir de esa
hora, el papá de una de las víctimas de la barbarie militar, un comerciante del
Roble de Aguadulce, buscó a su hijo por todos lados con la respuesta de los
oficiales del ejército invasor: “no lo tenemos”.
El hombre no desmayó y continúo la búsqueda. Cuando el
Procurador, Rogelio Cruz, permitió las exhumaciones de las fosas comunes
solicitada por los familiares. Aquel padre colaboró y pagó las retro cavadoras
utilizadas en Jardín de Paz con la esperanza de encontrar los restos de su
hijo.
Excavaban una y otra fosa y nada. Recuerdo que en la
última fosa solo faltaba el último de los cadáveres ya cayendo la noche. Ese
que faltaba, fue el de su hijo. Estaba con manos atadas hacia atrás con
zunchos. Su cartera y documentos estaban consigo lo que permitió identificarlo legalmente.
El amor de un padre a lo suyo hay que valorarlo ante tanta negación de los
responsables de darle muerte a su hijo.
La cifra precisa sobre cuantos fueron los muertos tal
vez no se conozca en poco tiempo pues según Saturnino Solis encargado de morgue
del Santo Tomás, creen que fueron más de mil las víctimas, sin embargo el
registro oficial se perdió porque las tropas estadounidense se apoderaron del
libro y le desprendieron cerca de 10 a 12 páginas.
En la invasión perdimos todos. No hubo aprendizaje ni
lección alguna, tras este episodio estúpido que no debe repetirse, el país debe
seguir demostrando con sus ideas, libertad, progreso y desarrollo respeto a su
soberanía y defender el interés nacional con democracia.
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