sábado, 21 de diciembre de 2019

TESTIMONIO: UNA JORNADA DE TRABAJO LA NOCHE DE LA INVASIÓN


TESTIMONIO: UNA JORNADA DE TRABAJO LA NOCHE DE LA INVASIÓN
(Segunda Parte)
Roberto Rolando RODRIGUEZ.
Estados Unidos y Panamá, en septiembre de 1977 firmaron los tratados Torrijos Carter. En lo militar para la defensa y seguridad del canal, se estableció una coordinación entre el ejército norteamericano y las fuerzas de defensa panameñas. Para ello, funcionó una oficina de coordinación permanente que tenía como sede Amador para el patrullaje conjunto y durante 10 años coordinaron lo acordado para la total transferencia de la defensa del canal.
Sin embargo, esa noche, la del 19 de diciembre de 1989, promediando las 10:00 pm una sospecha comienza en la contraparte panameña. De pronto, las radio comunicaciones dejan de funcionar, los teléfonos quedaron inhabilitados y las luminarias en el área de la contraparte norteamericana se apagaron. Suficiente para concluir que algo estaba en trama, por lo que se informa a la comandancia general y el oficial de turno, le resta importancia a la sospecha del jefe de la policía militar panameña.
Dos hechos anteriores sirvieron para tomar las precauciones y evacuar a todo el personal militar panameño y ordenar su reorganización en otros lugares en la capital.
Pocos minutos antes de las 12:00 MN, y precisando las 11:45 p.m. se da la primera agresión armada del ejército de los Estados Unidos contra el último autobús de soldados panameños que estaban siendo evacuados. Seguido tanquetas militares abren fuego de artillería contra la sede de la compañía Victoriano Lorenzo, acantonada en Fuerte Amador. Así comienza una de las historias de agresión más cruel y cobarde de EEUU contra un país amigo, que lo mantenía como aliado para la defensa del canal, y se convierte en una intervención militar simultánea a grande escala en todo el país.
La invasión estaba programada para las 1:00 a.m. pero se adelantó una hora y minutos debido a las evacuaciones panameñas es decir que si no hubiera una sospecha la toma por sorpresa en una matanza mayor.
Siempre así, retomo los apuntes del conversatorio en el que participé hace un año en la fundación Omar Torrijos, sobre los testimonios que viví aquella noche de la invasión del ejército norteamericano y que a continuación narro.
Antes de esa “estúpida” intervención militar del ejército de los Estados Unidos, la información era de “inminente invasión”. Ese 19 de diciembre de 1989, hice un recorrido en horas de la tarde por la base aérea de Howard. Se daba un inusitado movimiento. Viajé en un chivita de Veracruz. Confirmé que en un vuelo chárter militar de USAFO llegaron, ese mediodía, reporteros de guerra que cubren para el Pentágono.
Laborábamos en el diario Matutino. En la noche, la plana cerró como a eso de las 10:00 p.m. y me retiré a casa. A menudos en la TV los cintillos de claves “chácara” y “cutarra” hacia la noche tensa. De pronto, faltando minutos para las 12MN recibí una llamada para sintonizar Radio Nacional. Era, Rubén Murgas quien me confirmaba era un hecho la invasión militar del ejército de los Estados Unidos contra Panamá.
Rubén, me comentó al perífono que él no fue entrenado para ser soldado pero la historia lo colocaba en la trinchera de la defensa del país como corresponde, como periodista.
Era noche de luna llena. Me arreglé y desde mi residencia en Cáceres de Miraflores, se escuchaban los estruendos de las pesadas bombas de miles de libras que caían. Se calculan que fueron unas 400 bombas detectadas por el sismógrafo de la Universidad de Panamá. Un ruidoso avión sobrevolaba la ciudad en forma circular. Mi hija, Kany, me agarró y me suplicó no fuera al teatro de los acontecimientos y Roly, mi hijo mayor aun estdiante de secundaria, dijo a Kany y a su mamá, “él es un periodista déjalo cumplir con su labor”.
Avancé hasta el puente Martín Sosa, desde allí el destello del fuego y los estallidos de las bombas no me permitieron avanzar y, entonces, me dirigí hacia el hospital Santo Tomás, porque deduje se experimentan emergencias. Cuando me acercaba, ya había combate en los alrededores del edificio Hatillo, donde fue herido el dirigente, Ramón Ashby. Por esa área cae muerto Gustavo Torreglosa. En la urgencia del HST comenzaban a trasladar heridos y muertos y la confusión era indescriptible en todo el nosocomio. Desde allí hice un despacho para la Radio Nacional que aún no era objeto de intervención electrónica por un barco y un avión espías norteamericanos.
En medio de tanta acción, me percaté que el aeropuerto de Paitilla fue atacado e inhabilitado por una fuerza especial SEAL, la más temible del USARMY. Esa unidad elite de combate de los EU sufrió 5 bajas y una decena de heridos y necesitó de refuerzo aéreo de tecnología de nueva generación para destruir los hangares, debido a que el grupo de soldados panameños resistían con táctica y preparación, según el reporte que obtuve.
No había duda que la intención de la operación militar no era evitar derramamiento de sangre de lo contrario, en Amador, no hubieran agredido a boca de jarro con las tanquetas. Afortunadamente, el capitán Moisés Cortizo, graduado en West Point, evacuó a los soldados a fin de reorganizar la tropa en otros lugares y como comandante de la compañía fue el último en salir del lugar.
Ya era muy tarde a la madrugada, decidí regresar a casa. No podía consolidar mi sueño y tomé mi radio transitor y recorrí las frecuencias herzianas, sin sintonizar ninguna emisión nacional. El bloqueo de la aeronave espía y el barco interceptor ubicado en la bahía de Panamá era efectivo. Con mucha estática capturé la radio militar del ejército de los Estados Unidos. Una voz comercial panameña, muy conocida, anunciaba que las tropas norteamericanas intervenían con “just Cause”. Escuché las proclamas de Endara, Ford y Arias Calderón. Yo, grabé esas proclamas, pieza histórica que se me perdió en una mudanza, de las tantas que viví, porque posterior la invasión trajo para mí lo más doloroso para un hombre el rompimiento y la separación familiar.
Ya temprano me levanté y salí a ver la evolución de la situación de mi país intervenido. Me encontré con el reportero gráfico, Eliecer Santamaría. Juntos fuimos hasta detrás de los multifamiliares de Barraza. Todo el perímetro estaba cercado por las tanquetas norteamericanas. Mucha gente del barrio aglomerada en los alrededores. Yo, mantuve el motor de auto en marcha mientras Santamaría tomaba fotos. De pronto, cuando nos disponíamos a salir de ese teatro, camuflados identificamos a Papo Córdova e Hilario Trujillo, quienes estaban vestidos de civiles con gorras en sus cabezas. Santamaría les preguntó por sus cuarteles y Córdova respondió ya lo bombardearon. El tono de la respuesta no fue enérgica de un militar.
Regresamos al Santo Tomás. Yo, continúe hacia Panamá Viejo donde se escenificaban combates. Intenté acercarme. A marcha lenta en la estatua de Morelos, los marines americanos camuflajeados y pintoreteados sus caras estaban hasta el tuétano en lama. Unos arrastrándose para acercarse a la calle y otros se asomaban por los muros. Daban miedo, terror y también sentí impotencia. Eran muchos mientras helicópteros hacían labores de rescate de otros marines que estaban enterrados en la lama a pocos metros de la calle. El cuartel estaba tomado. Di la vuelta y me dirigí por la parte de la iglesia San Gerardo de Mayela. Las tropas invasoras ya colocaban alambres púas como de perímetros de ocupación.
Eran casi las 10:00 a.m. Decidí descansar. Había muchos vuelos tanto de aviones como helicópteros militares. Antes, fui a la redacción escribí una nota con algunas fotos de un helicóptero derribado en Huerta Sandoval y Cerro Ancón y un resumen de lo registrado en el Santo Tomás. Fue la última publicación de ERSA, porque después de salir de ese lugar una tanqueta del ejército gringo derribó las paredes y se posó triunfante sobre la redacción periodística.
El cansancio me rindió. Desperté con unos gritos. Eran los chicos del barrio junto a que celebraban la noticia del derribo de un helicóptero en el cuartel de Tinajita, por parte de la resistencia encabezada por Daniel Delgado. Regreso a explicar que al sacar los interceptores de frecuencias de los Estados Unidos la frecuencia de AM de la Radio Nacional, el método de transmisión radial, fue a través de frecuencias modulares móviles, lo que obligó a los militares norteamericanos ordenar a un helicóptero cañonear el piso 7 de la Contraloría General de la Republica, donde estaba ubicada la emisora estatal panameña e inhabilitarla pero aun así las emisiones continuaron como parte de la resistencia.
Esa misma tarde del 20 de diciembre, salí en mi auto a buscar a mi comadre Glenda y su mamá que habían venido desde Santiago a Panamá para visitar a su hija residente cerca a Patio Pinel. Las traje a casa para refugiarlas debido a que el puente de Las Américas estaba cerrado. No volví a salir más sino dos días después cuando el saqueo estaba en pleno apogeo en el Dorado y la vía España. Me acompañó mi hijo quien me describía los acontecimientos mientras manejaba.
Después de todos estos acontecimientos, había personas buscadas y ya Rubén Murgas, Mario Rognoni (qepd) y Escolástico Calvo estaban detenidos en campo de concentración en Nuevo Emperador. En esa lista de buscados estaba mi nombre, y confundieron mi nombre con el del colega de nombre Rolando Rodríguez. Nunca supe de la importancia para buscarme pero igual orgulloso me hubiera sentido de este atropello.
BÚSQUEDAS EN FOSAS COMUNES
Rubén Murgas me invitó a participar de un medio de comunicación alternativo que puso por nombre El Periódico. Por allí continúe nuestra misión periodística. No éramos clandestinos.
Por eso, quiero narrar lo acontecido aquel 20 de diciembre de 1989, cuando soldados norteamericanos abrieron fuego contra conductor de un camión cisterna en Rio Hato. Eran las 12:35 MN. A partir de esa hora, el papá de una de las víctimas de la barbarie militar, un comerciante del Roble de Aguadulce, buscó a su hijo por todos lados con la respuesta de los oficiales del ejército invasor: “no lo tenemos”.
El hombre no desmayó y continúo la búsqueda. Cuando el Procurador, Rogelio Cruz, permitió las exhumaciones de las fosas comunes solicitada por los familiares. Aquel padre colaboró y pagó las retro cavadoras utilizadas en Jardín de Paz con la esperanza de encontrar los restos de su hijo.
Excavaban una y otra fosa y nada. Recuerdo que en la última fosa solo faltaba el último de los cadáveres ya cayendo la noche. Ese que faltaba, fue el de su hijo. Estaba con manos atadas hacia atrás con zunchos. Su cartera y documentos estaban consigo lo que permitió identificarlo legalmente. El amor de un padre a lo suyo hay que valorarlo ante tanta negación de los responsables de darle muerte a su hijo.
La cifra precisa sobre cuantos fueron los muertos tal vez no se conozca en poco tiempo pues según Saturnino Solis encargado de morgue del Santo Tomás, creen que fueron más de mil las víctimas, sin embargo el registro oficial se perdió porque las tropas estadounidense se apoderaron del libro y le desprendieron cerca de 10 a 12 páginas.
En la invasión perdimos todos. No hubo aprendizaje ni lección alguna, tras este episodio estúpido que no debe repetirse, el país debe seguir demostrando con sus ideas, libertad, progreso y desarrollo respeto a su soberanía y defender el interés nacional con democracia.

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